El Señor Molina conoce a Pedro Urdemales

El Señor Molina conoce a Pedro Urdemales



Un día cualquiera, paseaba Urdemales con prestancia por fuera de una gran Hacienda que, por sus colores y tamaño, así como por sus formas y guardianes leones de bronce, le dejó de una pieza y a medio camino embobado contemplándole.

Minuciosamente exploró sus detalles y preguntábase del dineral que habría de tener quien fuera el dueño de tamaña casa. Verdes jardines esculpidos por dedicados jardineros, mármoles lustrosos en el piso limpiados posiblemente a diario y majestuosas puertas que le hacían imaginarse de 2 metros y poder entrar a brincos saltando sin llegar a topar sus umbrales.

Pasó un jovenzuelo por su lado y de preguntarle se aprovechó Urdemales -¿Sabrás tú de quién es esta gran Mansión que huele a flores y abundancia extravagantes?- Del patrón Molina se dice, oiga. Y que su fortuna la ha logrado, según las malas lenguas, de tanta mujer con la que se ha acostado. El chico siguió el camino que guiaba su paso.

Ah sí?! pero que hombrón debe ser este tal Molina –pensó Urdemales-. O bien facha de actor o franco seductor ha de ser, pues para este tipo de mansión, no debe quedar mujer que con él no se haya recostado.

Dio una vuelta entera deslumbrándose aun mas en cada uno de sus detalles y se dijo para sí mismo "Pedro, Pedro he aquí a quien conocer deberos". Mal no te va en el amor, pero vaya y sí necesitas dinero. Al menos podría sonsacarle algún que otro secreto.

Diciéndose esto, se animó y dirigió a la entrada a golpear preguntando por el dueño.

El Señor Molina no se encuentra, le dijo una criada. Anda en viaje de negocios y podrá estar por aquí la próxima semana. Pero que pena, respondió Urdemales, soy familiar cercano y dado mi paso por el pueblo quise pasar a saludarlo, dado el buen trato que entre nosotros siempre se ha dado.

Avergonzada de no conocerlo y presta a enmendar cualquier error que pudiera haber por no atenderle como su patrón posiblemente quisiera, le invitó cortésmente a pasar y tomar asiento en un enorme sillón, no sin antes ofrecerle buena hospitalidad con un vaso de refresco.

Sorprendido de sí mismo, Urdemales tomó asiento y simulando familiaridad con el entorno, con el vaso en la mano comenzó a pasear por dentro, admirando los cuadros y cada uno de los adornos; cada cual mas hermoso que el otro.

Qué decir de la criada que, cordialmente le acompañaba contándole de los últimos adquiridos y de las hazañas que el Señor Molina llegaba, tras sus viajes, contándole le pasaban.

Urdemales se fue dando cuenta que aquel Molina no podía ser mas que un simple usurero y que, nada hacia dudar, se aprovechara más de los momentos a ser el actor ó seductor que en un principio pensó.

Preguntó por la Señora de la casa, y la bella criada le contó que ella poco allí pasaba. Más bien se le veía incómoda cada vez que llegaba. Mucho no conversaba y, por lo visto, esquivar a su
marido acostumbraba. Le mostró una foto y Urdemales no pudo detener un suspiro profundo. Llegaría mañana, se acordó en el momento y con dulce voz la criada. Alcanzaré a esperarla, dijo Urdemales, si no hay problema en que esta noche me permita usted aquí pasarla, ondeándole la cintura al notarla sonrojada.

Dicho y hecho, Urdemales pasó la mejor noche de todas sus anteriores noches caminando solo entre cerros y bebiendo leche de cabra. Aquella bella criada, resultó ser casi la mujer de sus sueños, tanto por su hermosura, tanto por su entrega cálida.

Todo esto era un sueño y así se vio despertando, con desayuno a la cama, cual dueño y señor de aquella mansión que, ayer de afuera espiaba. Tomaron la merienda recostados y ya a media mañana seguían, cual acaramelada pareja, amándose denuevo antes de comenzar sus labores diarias por parte de su bella criada.

Urdemales, de bata distinguida y cruzada, calzando lujosas sandalias se decidió a esperar a quien sí y tras conocer solo retratada, era la mujer de su vida y por la cual valía la pena toda una vida si así fuera esperarla.

La criada lo atendió de mil y un formas bajo el solo compromiso que aquella noche y mañana juntos en el olvido quedara, pues ella era de igual forma felizmente casada. Urdemales no pudo estar más en acuerdo con aquella muchacha y con la vida misma por haberla conocido.

Se dio todos los lujos durante el día, conociendo cada rincón de la acogedora casa que le hospedaba. Luego de almorzar como rey, llegó corriendo un joven que resultó ser quien del dueño de esta mansión le hablara ayer. Llegaba con las buenas nuevas de que se acercaba la Señora de la casa, para que, dispusiera todo en orden la criada encargada.

Presurosa se dispuso las cosas y la entrada para recibir a la Señora, mientras Urdemales luciendo uno de los mejores trajes del Señor Molina, muy sentado le aguardaba.

Cuando aquella, la gran Señora traspasó el umbral de la puerta de entrada, Urdemales supo que aquella era “su dama” y se adelantó majestuosamente a presentarse e indicarle con que impaciencia le esperaba desde que le conociera por foto y de su hermosura le complementara la dulce criada. La Señora, Paz llamada, no escatimó en agradecer tantas y bellas palabras por aquel, que un pariente del cual no escuchó nunca, le regalaba. Le invitó a recorrer y coquetamente de cada pintura su origen contaba. Regaba cada paso con su aroma, manteniendo en el aire a un Urdemales que ya no podía estar mas embriagado al acompañarle y toda su atención prestarle.

Así llegó el ocaso, así también a declaración de quien no podía esperar más por su amor ver declarado. Paz lo miraba sorprendida. Recién de conocerse venían y Urdemales le juraba el amor eterno que ni su marido jamás nunca podría darle. Aceptó encantada, encandilada y por 3 noches y sus días, Urdemales le amó como nunca pensar podría. Al quinto día se decidieron. De aquella casa partirían. Paz era dueña de toda la fortuna que la mansión en sí era y que con el Señor Molina tenían, pero estaba dispuesta a dejar ese nicho del cual nunca se supo ni sintió bien, por el amor que este hombre le profesaba. Se irían lejos, muy lejos a vivir solo de ellos.

Por partir estaban, preparándose el carruaje con maletas y enseres, cuando llegó el famoso Señor Molina de su viaje. Paz le saludó sin ánimo y se limitó a evocar un para siempre adiós.
Urdemales, sin mayor desasosiego, bajó del carruaje junto a su amada y se acercó a aquel de tanta reputación mal habida, diciéndole: “Venía por alguno de sus consejos, mi ahora estimado Señor Molina, más ha de saber que no siendo su familiar directo, he recibido la mejor hospitalidad que en vida podría haber recibido y también el mejor de los trofeos que deportista alguno en su vida soñar podría haberlo..y todo sin siquiera haber hablado una palabra con quien tanto quise conocer, al contemplar de afuera su gran casa.

Así, impávido y de una pieza quedó el Señor Molina quien, llegaba triunfante de haber logrado más hazañas que contar a su criada y que de distorsionar previamente se encargaba, pues sus viajes no eran de negocios propiamente, sino de aprovecharse de maridos ausentes y saborear manjares ajenos en mujeres desoladas a quienes de robar también acostumbraba.

En cambio Urdemales, vio una vez mas como su ingenio, aun sin mayor esfuerzo le daba sus dividendos, aunque ahora, con mucho mejor provecho.






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1 comentario:

  1. BONITO CUENTO Y LA MÚSICA PERFECTA. Saludos.

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